La Cuarta Revolución Industrial, a debate

La Cuarta Revolución Industrial, a debate

El 29 de octubre de 1969 tuvo lugar el nacimiento de Internet. A las 22:30 hora local de la costa oeste de EEUU, el primer paquete de datos en forma de dos letras de texto (‘LO’, intento de ‘LOG’) viajó los 644 kilómetros que separan la Universidad de California del Stanford Research Institute, dentro del proyecto militar Arpanet. La revolución digital había comenzado.

Aquella red nació con el propósito de enchufar universidades e instituciones públicas mediante unos aparatos pesados, caros y difíciles de transportar. Hoy la llevamos en el bolsillo y con 3.500 millones de usuarios sus consecuencias son evidentes en prácticamente toda actividad humana. La tecnología nos ayuda pero, ¿sabemos lo que estamos construyendo?

Expertos como Raymond Kurzweil, director de Ingeniería de Google y fundador de la Singularity University, aseguran que en 2045 el desarrollo tecnológico será tan exponencial que la inteligencia artificial superará nuestras capacidades, con consecuencias que hoy no podemos prever. También afirma que en breve lapso de tiempo superaremos los límites de la biología.

Hoy la duda no es si esto será posible, sino cuándo. El desarrollo de la inteligencia artificial ha alertado a científicos, escritores y filósofos como Stephen Hawking, Nicholas Carr, Javier Echeverría y Nick Bostrom, que nos advierten de la amenaza que podría suponer. La integración humano-máquina, la utopía del cíborg llevada a término, es una realidad con la que antes o después tendremos que aprender a convivir.

Décadas atrás se afirmó que la era de los grandes relatos había muerto, y que distintas visiones del mundo iban a verse obligadas a convivir. Lo importante no eran los hechos, sino nuestras interpretaciones. Pero si atendemos a expresiones como capitalismo tardío, modernidad líquida o el desierto de lo real (Jameson, Bauman, Žižek), vemos un hilo conductor en todas ellas.

Ese hilo conductor es la Globalización, la cual ejerce una hegemonía que no ostenta alguien en concreto, aunque no por ello es menos real. Su poder no es represor sino seductor, porque hace uso de la libertad, pero generando dependencia en el individuo con ayuda de las tecnologías digitales. Un camino que desde hace algún tiempo viene transitando en dirección cuyas consecuencias no podemos prever hoy.

Al menos desde la pasada década, los términos del discurso sobre el entorno digital han sido planteados desde una dimensión empresarial. Ellas están cambiando el mundo, sin duda, pero dicho entorno no se agota en Facebook, Google, Amazon, Apple o Tesla, por más que estos sean actores relevantes e innovadores.

Si entendemos la libertad como la posibilidad de dirigirnos intelectualmente hacia donde consideremos, ampliando los límites del discurso y de lo posible, conviene abordar también -y sobre todo- la dimensión cultural, social y política del espacio digital, y replantearnos un modelo de Globalización al que aún no hemos sabido soldar nuestros valores democráticos.

No aspiramos a establecer un consenso definitivo en torno a la verdad, pues este ha de ser necesariamente subjetivo. Pero sí vemos posible y deseable abordar, desde un enfoque humanísitico e integrador, la amplitud de retos y escenarios que este siglo XXI tecnológico nos seguirá poniendo por delante.

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